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Nostalgia por lo nuestro

En días pasados veía como gran parte de la gente que conozco que está suscrita al facebook ya no vive en el país. La vida nos lleva a cada quien por su lado hacia donde Dios y el destino lo sugiere y con ello nos desprendemos de toda una cantidad de cosas que cuando miramos hacia atrás, extrañamos, al menos en mi caso. Puedo ver las fotos del último viaje a los Andes en donde recorrimos el paramo, Mérida, La Puerta, Valera y me conmueve ver como estos recorridos son tan poco recordados por mucha gente. Pareciera que solo lo que importa es irse del país porque esta cada día peor y sé que no les falta razón. La inseguridad y los tantos otros problemas de los que estamos hartos de escuchar parecen penetrar el aura que envuelve la paz que deberían tener estos viajes por el interior del país.

Recuerdo como en las vacaciones escolares, nos íbamos a La Puerta por casi un mes entero y era común encontrarse con gente de la ciudad que intentaba lo mismo: descansar, pasear, aislarse de la rutina. El pueblito en cuestión tenía aun el toque andino característico de su gente, la cotidianidad de las labores del campo, las mañanas frías pero soleadas, el fresco olor de la naturaleza, las campanadas de la Iglesia que pueden escucharse en todo el pueblo. La cantidad de recuerdos gratos en familia y las costumbres de estos viajes hacen posible que con tan solo llegar a Timotes, lo primero que haga sea pasar por la panadería del pueblo a comprar el pan dulce o la mantecada con la que desayunábamos durante nuestra estadía en la casa de nuestros abuelos. Nos pasábamos tanto tiempo tan concentrados en hacer otras cosas que ni la televisión hizo falta. Claro está, aunque el atari hizo presencia en uno que otro viaje, no fue el principal protagonista. Lo mejor era salir a caminar el pueblo con “Aia” (María, nuestra segunda madre) e ir a la plaza a jugar con un balón, ir al Guadalupe a los columpios, mi hermana encontrándose con algunas vecinas que también iban a pasar sus vacaciones allá, jugar con legos en el vasto jardín de la casa, meternos en la casita de madera que mi abuelo Vinicio le hizo a Maria Claudia cuando pequeña, encaramarnos en las inmensas matas de aguacate… yo tenía una fijación con los surtidores y regar los arboles del patio (jardinero frustrado?) …..en fin, mil cosas más podre recordar que por más que quiera, no se repetirán al menos de la misma forma.

La Puerta dejo de ser lo que era y se transformo en una suerte de tasca con festejo constante por parte de quienes la visitan, arruinando la tranquilidad que intentaba abrigarte. Lo más impactante para mi durante el viaje fue darme cuenta no de esta realidad (ya sabía hace años que La Puerta había cambiado mucho) si no del hecho que a los maracuchos no nos quieren por esos lados. Estoy hablando de Los Andes entero. Es increíble la hostilidad del andino con los maracuchos, no me sorprende cuando nuestro slogan de promoción pareciera que fuese “bebemos, hacemos ruido y somos groseros”. Que lastima pagar platos rotos de otros.


Merida indudablemente ha crecido mucho, se ven grandes inversiones de transporte como el Trolebus -aunque dicho por algunos merideños que no sirve para nada, que ya lo han chocado no se cuantas veces-, centros comerciales y hoteles.

El paramo hubiese deseado que estuviera mas frio (8 grados habían cuando subí) pero fue muy emotivo ver que el Águila aun está en su nido y que no hay tal cosa como un polémico busto que intentaron erguir en varias oportunidades y que los habitantes del lugar tiraron abajo por considerarlo una falta de respeto. Ni siquiera voy a mencionar el nombre del tipo porque ya Uds. se imaginan quien es. Dicho por papa, los lugareños comentaron que esa persona solo habría hecho allí su deber patriótico del día: orinar.

Creo que entre el clima político del país, las condiciones de seguridad, la incapacidad de explotar el turismo como se debe y la mala fama de los maracuchos, son razones más que obvias para entender por qué nadie extraña ya estos destinos, por que a pocos les interesa aventurarse y descubrir otros atractivos nuevos en nuestra tierra y por que tanto nos atrae el extranjero. Es cierto, la cultura de otros lugares es fascinante pero aun así, percibo como si en algún momento hubo un giro de 180 grados en lo que se refiere a la elección de un destino de vacaciones. Yo era de los que pensaba que ir a Aruba era botar el dinero (por la proximidad con el lugar) y aunque estamos a tan solo 21 millas náuticas de la isla, Punto Fijo no se parece en nada a la isla, hablando de lo que ofrece al turista. En Aruba el árbol nacional es el cují, las iguanas son protegidas por ley y así uno se sorprende de ver la cantidad de cosas comunes de las que ellos se sienten orgullosos y el tratamiento tan diferente que le dan los arubeños.


Yo le digo “Legolandia” a Aruba porque realmente se parecen: todas las personas están sonreídas o te dan una sonrisa, todos son cordiales en el trato, todo funciona como debe, la policía, la patrullita, el “hospitaal”, todo es armónico. Ojala en algún momento de la vida, aprendamos la receta, la apliquemos aquí y luego en un futuro aunque sea lejano, quienes partieron de esta tierra encuentren una buena razón para poder regresar aunque sea de veraneo. Las enfermedades que nos aquejan, las situaciones que no podemos controlar y tantos otros factores pueden esperar. Los momentos de reunion familiar o con los amigos hay que disfrutarlos y aprovecharlos.

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